Hace unos días los muros del Cementerio Israelita de La Paz amanecieron pintados por una agrupación política; ahora es la fachada de la Escuela Integral que amaneció con nuevas pintadas. La convivencia, que siempre ha sido característica en nuestro país, debe prevalecer, y no dejarse ganar por el odio.
Una estrella amarilla
Alemania, invierno, corre el año 1938. Un niño lleva una estrella amarilla cosida sobre el pecho de su abrigo. Camina por la acera, la mirada baja, la respiración contenida; a su lado, el mundo le escupe desprecio: empujones, insultos, miradas que atraviesan como cuchillas. Ese niño podría morir de miedo antes de que su cuerpo sea alcanzado por la violencia mayor: la deportación, el campo, la muerte. Sus padres lo abrazan por la noche y le susurran promesas que suenan a exilio.
Parpadeamos y 87 años después el mismo niño, pero en 2025. No lleva estrella. Lleva una mochila con el candelabro judío, logo de la escuela, los championes limpios, un sándwich en la mano. Subir la calle hasta la Escuela Integral Hebreo Uruguaya debería ser un ritual de confianza. Pero hoy la calle ha cambiado. En el pavimento, frente a la escuela, alguien pintó una bandera a tamaño fachada; el dibujo ocupa toda la calzada. El niño frena, pestañea, y por un segundo no sabe si está prestando atención a la pintura o si es la conciencia del mundo adulto la que le muestra su reflejo: la exclusión, la marca, el signo que dice “no pertenecés”.
Ese destello de pavor no es una metáfora pobre ni un exceso retórico. Es exactamente el mismo músculo que se tensa en la mano de cualquier padre cuando escucha que una pintada política fue puesta en la calle frente al colegio de su hijo. Es el mismo temblor que sentirían los abuelos que llegaron huyendo de Europa si volvieran a ver una bandera que niega su derecho a existir como pueblo.
De la profanación al miedo cotidiano
Hace pocos días, el muro del Cementerio Israelita de La Paz amaneció con la pintada: “Palestina Libre” sobre el muro que guarda el silencio de los muertos. Ese acto fue un corte en la piel de la comunidad: la imagen del mármol pintado hizo que muchos recordaran por qué sus abuelos huyeron. Ese mármol contiene epitafios, nombres, fechas; contiene historias de quienes trabajaron con sus manos para que Uruguay fuera lo que es. Profanar ese límite es decir: su memoria no importa.
Poco después, y como si la sucesión lógica del odio hubiera sido un manual de campaña visual, apareció la pintura en el pavimento frente al colegio. Antes de eso, un trabajador de la construcción había estacionado su auto frente al instituto con una bandera palestina en el techo; al serle solicitado por la seguridad que moviera el vehículo por razones obvias, primero seguridad y segundo el cartel exactamente frente a su coche era claro: “prohibido estacionar”, el conductor se negó y fue necesaria la intervención policial. Finalmente retiró el vehículo, pero luego, se dedicó a pasear por distintos medios de comunicación increpando a la seguridad y a la policía. A los pocos días, la pintura en la calle, enorme, indudablemente deliberada.
No son incidentes aislados. Son capítulos consecutivos de una misma historia: alguien decide que los espacios de la vida escolar y funeraria son lienzos políticos. Al elegir esos lienzos, el mensaje es explícito: marcar territorios, recordar que hay quienes piensan que esos niños, esas familias, no deberían existir en el lugar que habitan.
Símbolos que no se limpian con agua y jabón
Hablemos claro con la humildad de quien conoce la semiología de las cosas: las banderas, los lemas, las pintadas no son mero ornamento. Una bandera es un mensaje condensado; un lema, una orden. Cuando la semiótica se mezcla con la violencia, el símbolo deja de ser abstracción para pasar a ser amenaza. Así como la esvástica fue torcida hasta volverse emblema de exterminio, hoy la bandera palestina —en ciertos contextos— funciona como marca de exclusión cuando se exhibe junto a consignas que niegan a Israel y al pueblo judío.
En la acera frente a la escuela ese paño pintado no se queda en la estética: atraviesa la infancia y deja su huella emocional. Enseña a los niños que su presencia puede ser contestada en la vía pública, que su identidad puede ser señalada. Y eso es violencia simbólica con poder de trasformación: es el primer paso antes de que la violencia se vuelva física.
El ruido que hace el silencio de los grandes
Hay otra faceta igual de inquietante: la de las voces que provienen desde el gobierno. Si un funcionario del Estado —titular de un organismo de importante alcance social— publica en una red social la frase “From the river to the sea” (precedida por una banderita), no está haciendo una declaración privada. Estamos hablando de Micaela Melgar, directora del Instituto Nacional de Alimentación del Mides. Eso mismo es lo que reza la carta constitucional del grupo terrorista Hamás, perpetrador de la mayor matanza de judíos desde el holocausto, y el más grande atentado terrorista de la historia (porcentualmente hablando, mayor que el de las Torres Gemelas el 11-S). Sí, la estoy comparando con Hamás, está dando un ejemplo público. Esa expresión, no admite dobles interpretaciones, es la invocación de la desaparición de Israel. Cuando el silencio institucional es la respuesta —o la tibieza—, el vacío que se produce lo llenan los que operan con símbolos y spray.
La ironía amarga: el mismo Estado que en teoría protege la convivencia tolera que una funcionaria utilice consignas que millones interpretan como llamado a la eliminación de otro pueblo. Y cuando las instituciones vacilan entre la condena y la ambigüedad, el odio encuentra vía libre para multiplicarse en las calles.
Experiencias contadas y documentadas
No es paranoia. Hay hechos concretos que construyen un paisaje donde la amenaza deja de ser potencial. En 2016, en Paysandú, David Fremd fue apuñalado por la espalda por un agresor que afirmó actuar “en nombre de Alá”. En 2024 fue detenido un adolescente en Rocha por amenazas de atentado, investigado por planear un ataque terrorista en Montevideo y por intercambiar material extremista. Un relevamiento que personalmente he podido documentar —en fotos y registros de ubicación— más de 500 murales, carteles y pintadas en Uruguay con proclamas antisemitas y anti-Israel: “Palestina libre”, “Desde el río hasta el mar”, “No es guerra, es genocidio”, y la ya conocida equiparación de Israel con iconografía nazi. Esa extensión visual no aparece por accidente: exige logística, recursos, coordinación, mano de obra. ¿Quién financia? ¿Quién organiza? ¿Una “coordinadora” autoconvocada? (esto último no se lo cree nadie). Las preguntas no son conspirativas: son prácticas y urgentes.
Los niños lo sienten. Los padres también. Mis hijos, ya adultos jóvenes (21 y 17), me llaman y me dicen: “Pa, ¿está seguro salir a la calle? ¿Y si nos pasa algo? ¿Qué hacemos si nos cruzamos a alguien con una kefia o una bandera palestina?” Esas conversaciones deberían ser imposibles en una nación que se jacta de ser refugio y crisol de colectividades.
El humor como válvula
No todo puede ser plomo. Hay momentos en que la ironía ayuda a respirar: ver cómo unos ocupan la playa con bicicletas, rollers y skates, otros con zancos, malabaristas y mimos, exhibiendo banderas y consignas es, cuanto menos, grotesco. La banalización del gesto —una avenida de gente que “protesta” pedaleando al lado del lujo— puede parecer, a quienes observamos de afuera, como un sketch absurdo: el odio con payasadas. Pero esa misma mueca es peligrosa porque normaliza. Si la protesta se convierte en espectáculo sin consecuencias, el actor detrás de la escena consigue impunidad simbólica.
Ríase si quiere; solo que después de la risa viene la realidad: una bandera pintada en el pavimento frente a donde su hijo estudia no se quita con un chiste ni con un eslogan en redes.
Lo que corresponde: respuestas claras y procedimientos
Si la cuestión fuese únicamente estética, la solución sería simple: limpiar la pintura y seguir. Pero no lo es. Estamos ante un problema que exige acciones públicas y visibles:
1 Investigación rápida y pública de los actos de vandalismo y de quienes los financiaron o coordinaron. Que la investigación no sea una caja negra.
2 Protocolos de seguridad en escuelas judías —y en todas las escuelas cuando un acto de odio se comete cerca—: presencia policial disuasoria, cámaras, protocolos de entrada y coordinación con familias.
3 Sanción administrativa clara a funcionarios que usen eslóganes que incitan al odio, y campañas públicas de educación y condena desde el Estado.
4 Transparencia sobre quién financia campañas visuales: si hay ingreso de recursos desde redes o actores extranjeros, debe investigarse y, si corresponde, prohibirse la financiación clandestina de propaganda de odio.
Son medidas simples de sentido común. Y sin embargo, requieren voluntad política.
La sensación de gris que no se puede naturalizar
Volvamos al niño: va a la escuela con su mochila y la certeza de que su aula es un refugio. Ese refugio hoy tiene un dibujo gigantesco en la calle que lo rompe. Ese niño se convierte en una estadística emocional: no duerme igual, siente que la calle que antes era suya ahora está marcada.
Yo llevo en la piel un tatuaje que resume la promesa que hicieron mis abuelos cuando vinieron huyendo del nazismo: N3V3R 4641N (never again). Ese tatuaje no es una moda, es una deuda moral con quienes sobrevivieron y con quienes nacieron después. Cuando miro ese símbolo impreso en mi brazo siento la obligación de decir: no podemos naturalizar el miedo.
Un país que no protege la memoria de los que buscamos refugio deja de ser refugio. Un país que permite que se pinte frente a un colegio una bandera que divide y denigra deja de asegurar la infancia. Ser uruguayo y ser judío no son antagonismos: son identidades que conviven. No debemos permitir que la calle, el muro o la acera sean los barómetros de hasta dónde llegará el odio.
Si el estado y la sociedad quieren seguir presentándose como bastión de la tolerancia, deben demostrarlo con actos y no con tuits o declaraciones tibias. Limpiar la pintura no alcanza. Es preciso limpiar la impunidad.